Por qué quiero tanto a los vascos es un texto escrito por una persona miembro de la RED VASCA ROJA que firma con el seudónimo de TERESA PUIGMAR. Alguien le preguntó un día, evidentemente satisfecho: "Tú ¿por qué nos quieres tanto a los vascos?. Este texto es la respuesta.
Voy camino de Nanclares de Oca por cariño a mi propia historia, por amor a la vida, por respeto a mis compañeros; confiada en mi tierra y en sus hombres; por presencia del momento y copartícipe de un pueblo que ha conseguido en andadura difícil, ardua, hermosa y valiente hasta nombre propio.
Y sobretodo: ¡por que sí!.
Porque me gusta bailar, porque encuentro estupendo que las consignas sean del tipo: "lucha sí, fiesta también". Porque esa es la actitud del pueblo del que formo parte.
Porque a los doce años afirmaba que Argelia era argelina; a los catorce brame contra los republicanos claudicantes -mis profesores en el Instituto-; a los diez y seis me manifesté en la glorieta de Atocha con los huelguistas de la "Standar"; a los diez y siete sentí emoción profunda cuando sobre un pequeño otero -puig- hice ondear una bandera cuatribarrada y con un gesto tajante corté de raíz el asesinato de un intelectual en una provocación de la guardia civil. Héroes, mártires y profetas eran la política que deseché en aquel mismo momento.
Porque a los diez y ocho escribía: "la revolución burguesa está hecha en una forma llamada España" y escindí del P.C.E. junto con muchos jóvenes.
Porque ese mismo año o el anterior, descubrí que Guevara era otra cosa que un Mesías
Porque abucheé a un gobernador que pretendió abrir un curso académico y apedreé a un ministro que intentaba convertir la docencia en una expendeduría de papel timbrado.
Porque pinté con brea negra el claustro de mi querida Universidad y todavía aquel perfume está en sus aulas; por que aquel mismo año alguien, en una tierra llamada "el Norte", se llevó por delante a un agente del pánico investido de jefe de policía y sentí, hasta en el alma, que el horror empezaba a desaparecer como la forma de hacer política en mi tierra. Afirmé, en los hechos, que es bien distinto ser vencidos a estar derrotados.
A los diez y nueve escribía octavillas con consignas del tipo "honor a nuestros muertos". Afirmo que aquellas palabras nada sabían de revancha. Me ganaba el pan y la vida, entonces, en una fábrica del metal de Barcelona aprendiendo a hacer luz con un sencillo filamento.
Porque a mi camarada Ramón Pérez Jáuregui lo asesinaron mientras colocaba una bandera roja en Eibar donde antes hubo republicanas y a otros muchos los pasaron por celdas de internamiento después de repartir octavillas reclamando la libertad de Izko de la Iglesia, Dorronsoro y no sé cuantos nombres más. Octavillas que redactábamos en un obscuro aparato de propaganda en la capital de eso que convenimos en llamar España.
Porque perdí una batalla política en la organización que había contribuido a fundar. Nuestros detractores, diez años después, entraron en el P.S.O.E. como gerentes cualificados; con tal decisión pasaron, ellos, a ser los derrotados políticos; aquella "democracia profunda" que pregonaban como factible demostró su verdadera faz: el horror de las fosas de cal viva, el desespero de los expedientes de crisis, el sofoco de cualquier voz discrepante.
Porque participé en huelgas, manifestaciones, asambleas. Precisamente por "demócrata" empujaba fuertemente en aquellos lugares.
Porque fui fundadora del "Comité de Solidaridad con Eva Forets"; por que voté NO a la Constitución; porque he visto morir -he estado junto a ellos hasta el mismo momento de cerrar los ojos- a demasiados amigos de asfixia en estos últimos veinte años. Estaré porque jamás he sido partícipe de "políticas del mal menor"; porque salí hace años a la calle diciendo "NO a los pactos de la Moncloa"; porque sigo haciéndolo al combatir esta política canalla que intenta sumirnos en el pánico para que sigamos dando vueltas a una noria que produce agua para cuatro señoritingos, verduras para las multinacionales francesas y espectadores de una película de "Cantiflas": imbéciles por inocentes. Política insidiosa que intenta hacer de los ciudadanos cobardes atenazándonos entre el horror, la obscenidad cotidiana y la perversión sistemática del miedo a otra derrota en la forma degenerada de "todos han fracasado" y que se entrega, sin piedad, a la desfachatez liberal de la demagogia para ofrecer como "servicios" la migaja de lo que un día fueron derechos inalienables.
Voy a Nanclares porque denosto esta "España federal y europeísta" que quieren construir con el ulular de chulos, vendiendo esperanzas asesinas y saldando ideales que ni "cuelan" en los estancos, sobre jóvenes desorientados y maduros cabizbajos tras destruir un tejido social hecho de lucha y convertir en cómplices inocentes a todos aquellos que han callado ante el infierno cotidiano de estos últimos veinte años en nombre de una esperanza jamás cumplida, mientras parlamentarios surgidos de ningún lado malbaratan lo que es voz en las calles. Calles que siguen expectantes mientras palabras y palabras intentan encubrir el desespero, la insatisfacción, el malestar, la renuncia, la vacuidad.
Es cierto: permitimos que a los que nada le habían costado las cosas convertirse en gestores de un mundo ilusionado y desorientado. Ese tiempo tampoco es definitivo. Aquí está, de nuevo, el malestar. Profundo, sombrío, incuestionable: hablando.
Leer por qué estamos en la calle a la menor oportunidad es nuestra apuesta.
Leer a la forma de los humanos: sabiendo y aceptando nuestra inscripción en lo que ocurre.
Voy porque soy una mujer a la que le gustan los hombres que luchan por lo que desean y se desarropan de faldones envolventes, cadáveres sacrosantos a ser posible enterrados allá por el siglo diez y nueve; que rehusan refocilarse en la impotencia y provocar el desespero en los que viven.
Con mis miedos, mis equivocaciones, mis derrotas y la firme convicción de un "cada día" que se constituye en opciones varias capaces de denostar la rebelión abordando una huella que se resuelva, ¡por fin!, en manera distinta.
Quizás entiendo poco de política pero he aprendido que las condenas son actitudes moralistas que enconan situaciones y cuyo único objetivo es hundir a los individuos en infiernos de culpa. Intentar enloquecer a los lúcidos para transformarlos en mediáticos.
Es cierto: este mundo es cicatero, miserable, ramplón, cursi y estoy dispuesta a asumir en público, en privado y en donde haga falta la parte de responsabilidad que me toca en ello. Aunque pueda parecer atolondramiento: inocencia omnipotente y cierto temor ante lo desconocido. Aunque vosotros mismos desconozcáis mis por qué, mis causas, mis fundamentos y despierte en algunos recelo, en otros curiosidad, en algunos confianza.
Con la emoción, con la complicidad que se fragua, por fundamentar ese ¡SÍ! rotundo que me hace participe.
Y, ¿sabéis...?.
Me enseñó a amar la vida sin mojigaterías un radiotelegrafista castellano que saltó al espacio en clave de morse la noche del 18 de julio de 1936 llamando a las armas a las gentes de Madrid. En épocas de miedo, de mercaderes, de mercachifles, fue un guerrero que le hizo frente a la muerte negra de las "brigadas fraternas renegadas" hasta la entrega de la ciudad a Franco por los socialistas. Miembro del cuerpo de guerrilleros cruzó una y otra vez las líneas franquistas desde su base de operaciones: en ¡Santa María del Paular!. Jamás fue detenido por la policía. Reía al decir: "¡ésos me van a coger a mí!". Nunca confundió a Franco con la imagen de un "generalito bananero", ni con un "Napoleón moderno". Afirmaba: "la herencia malvada del gallego será la ignorancia política".
Lució, siempre, una boina vasca hecha en Pamplona.
La mujer que sería mi madre cosió las ropas que posibilitaron la clandestinidad a muchos insurgentes asturianos, allá por los inviernos madrileños del 34. Su padre fue un gallego federalista que, enviado a Cuba para asesinar mambises a las órdenes del General Wayler, se pasó al ejército de negros y muchos años después seguía afirmando: "Cuba se lo merecía". Independiente la Isla de la mano de un Martí, poeta de estas tierras, años más tarde un hijo de gallego consiguió que estuviese. El anciano combatiente cruzó los valles gallegos -savia de lobos- hasta la línea de Portugal guiando a un oficial del ejercito de la República de quien la muerte era sombra. En esa tesitura ni cabía el azar. Estaba en marcha lo indestructible. Nombró con los hechos a Franco: cocodrilo. Mejor que cualquier historiador, que cualquier político, que cualquier filosofo. En los actos.
Hay imparables. Cuestan lo que valen.
Mi abuelo paterno, anciano republicano y federal pago con muchos años de cárcel y con el horror de ser testigo, obligado por los ejecutores, del fusilamiento de su hijo en un Valladolid tomado por el ejército faccioso -tontos útiles de los señoritos de apellido March, Satrústegui o Urquijo- y aquel comunista ante el piquete de ejecución -anónimo y voluntario- les arrojó su palabra al rostro.
Mi abuela católica, apostólica y romana, de misa y comunión diaria, detuvo el horror, por un instante, en un pueblo castellano fustigado por agentes del miedo a los que petrifico el coraje de aquella anciana.
Me enseñó a leer en las palabras una mujer, ciega; afirmaba que aquellos que confunden la talla con la estatura devienen ese tipo de gentuza que pretende ser medida de todas las cosas.
Un alguien querido jamás aceptó de qué está hecho el aparato del estado; presto a reformarlo fue artífice máximo de esta canallada que ha asegurado "libertad y buenos negocios" a los que siempre han tenido libertad y cuyos negocios marchan cada vez más estupendamente.
Gentes, todas ellas, que forjaron una elite moral en las calles -¿hay alguna otra posibilidad? -que jamás vivieron esa condición como un privilegio. Vencieron al silencio hijo del pánico; a la derrota y a la desesperación hijas de la claudicación. Odiaban a los malditos: sembradores de tristeza, angustia, miedo, desesperación y "reparto equitativo" como forma de ser en el mundo.
Voy amando a un Madrid que jamás fue derrotado. Tuvo que entregarlo un catedrático de ética -murió limpiando letrinas en una cárcel- y un minero que en gesto de suprema rebeldía seguía hablando aquel asturiano que le hizo famoso en un Parlamento olvidadizo de la calle. Ministros socialista que en nombre de "conseguir una paz honrosa" abocaron a la claudicación a un pueblo.
Un Madrid que nunca podré vivir como enemigo porque ha sido protagonista muchas veces en clandestinidades duras y huelgas de la construcción triunfantes. El Madrid de la Standar, de Villaverde, de Aluche o del barrio de la Concepción donde aprendí de la mano del Doctor Tortosa que el corazón hace caminar a los hombres cara a un aparato de rayos X con poco más de seis años.
Sin confusiones; hace años me entregaron un pasaporte vasco al acabar una campaña electoral inolvidable: mi tierra hizo alarde de su historia construyendo solidaridad a vuestra llamada; hace algunos más un carnet timbrado con una estrella roja. Y ondeo banderas cuatribarradas, desde mi mismo corazón, cada instante.
En Nanclares por mi propia condición y la historia que me he hecho, con mis huellas y sin ninguna etiqueta.
Porque vuelven a recorrer fantasmas Europa y los fantasmas ni lo son ni están. Ni en vuestro apoyo, ni en vuestra ayuda; precisamente con mi causa que estuvo sentada en un banquillo del Tribunal que se jugó en la redacción de vuestra sentencia el apelativo "de Justicia". Y perdió.
¿Podrán leer en presencias como la mía que la causa no es materia de norma sino de ley; que sois los descendientes de los jacobinos resueltos a luchar por aquello en lo que han comprometido su vida?.
Me gustaría que esos mismos jueces pudieran entender la política distinta al complot, al golpe de estado, a la palabrería y a la representación.
Esos togados saben mejor que nadie, mucho mejor que la inmensa mayoría de nosotros, a la "constitución" pintura gris sobre el aparato del estado siniestro que estas tierras soportan.
Y en lugar de sentencia hubo chapuza de quienes perdida la iniciativa intentan, una y otra vez en forma tramposa, ganar la delantera.
¿Democracia cuando un pueblo, un mundo, tiene que hacerse leer en la punta de las pistolas?. Un pueblo que llama a ritmo de txalaparta. O a estruendo de "castells" Con vuestra condena, el último poder de la democracia burguesa -por que la democracia también tiene apellidos- ha caído para siempre. Ha devenido zarzuela procaz los procesos a militares argentinos instruidos en una Sala contigua. Sin razón de un Magistrado que denosta la ley y convierte a la justicia en una descamisada walkiria viendo "montoneros" donde hay revolucionarios y señalando a los militares como responsables de una situación en la que fueron ejecutores. Así, manso, se ahorra levantar la testuz y reflexionar sobre el calibre de su propia irresponsabilidad al confundir "tirios con troyanos" en un lugar que poco tiene que ver con la ciudad de los héroes.
Estoy ya en Euskadi cuando escribo: compartiendo la calle con un pueblo sereno. Profundamente sereno.
Os deseo la visita de Arzallus: eligiendo entre uno de los dos señores a los que sirve, por una vez comprometido.
Espero sin detenerme a los luchadores por una democracia que nunca fue. Los juzgaron en cada de los miembros de la Mesa Nacional de este "Pueblo en Marcha" con apellidos: construyendo un mundo espléndido.
También Anguita... . ¿Con su presencia los jueces escucharían: "desdeñen cargar con la responsabilidad política de ejecutar a la democracia"?.
De Santiago Carrillo. Por protagonizar la transición esta legitimado para marcar su epitafio. ¿De una vez por todas analizará públicamente sus propias palabras de aquel 23 de Febrero: "Pavía está a punto de entrar en el Congreso"?.
Los que hemos leído en el mismo manual de historia supimos de la eminencia de una turbia maniobra política dirigida contra la calle pretextando su avanzada: el pueblo vasco.
Ha llegado el momento en que Don Santiago sea el testigo de cargo, que puede serlo, para denostar la incómoda postura del "juez y parte", con su presencia.
Beiras, Colom, que habitan espacios políticos sostenidos en vuestras respuestas, ¿aunque sea por dignidad, os visitaran?.
¿Los bisnietos de D. Pablo Iglesias Pose, el diputado socialista que en plenas Cortes se proclamó terrorista y cómplice de Ferrer Guardia, el librepensador catalán partícipe de la "Setmana Tràgica"?. Aquel día su dignidad de tipógrafo arrinconó al gobierno Restauracionista a golpe de descripción: "asesinos".
Me gustará encontrarme con los hijos de aquel Companys que declaró la República Catalana mientras los obreros asturianos asaltaban la fábrica de armas de Truvía y un general llamado Franco irrumpía en la cuenca minera a cañonazo limpio declarando una guerra sin cuartel que estalló en 1936 y que persiste.
Con los nietos de los hombres que en mi tierra asaltaron el Rex la noche del 17 de julio de 1936 afirmando "¡Vixca la llibertat!"; pasean las calles, las albuferas de mi tierra elocuentes y creadores: "¡ni un personatge divertit en la Bíblia, cristo!".
Y estarán.
Porque lo sepáis o no, ese es el patrimonio de cada uno de vosotros, de cada una de las gentes que hacen "Herri Batasuna". Lo que nadie podrá quitaros, lo conquistado, en cada paso. Sencillamente. Ganado, minuto a minuto, acto a acto, error a error, equivocación a equivocación. El que vosotros habéis hecho sonreír cada vez que el siniestro y negro telón que intentaba cernirse sobre nuestras cabezas ha sido rasgado por la firmeza de una respuesta que de mil formas nos ha hecho a cada uno de nosotros sentirnos responsables de lo transmitido, vivos, comprometidos con el ahora.
Sois poco representativos y si algún perfume destiláis es el de un tanto de dolor, un poco de desenfado y un bastante de perspectiva. Esas raras cualidades grandiosas en sus aciertos, en sus equivocaciones, en su riesgo que anudan, firmes, los espacios creados por voces que precisamente, por responder, son las que os han hecho, estando. Capaces de caminar aprendiendo de vuestros errores sin convertirlos en eje de decepción.
Hoy, digo ¡Sí! a cierta democracia con vosotros.
Ululan los incapacitados para elegir. A los que hacen cobardes explotando su miseria mientras los auténticos perros están sentados en Consejos de Administración; los que todavía no han comprendido -puede ser que nunca lo comprendan- que la seguridad tiene el precio siniestro de que nuestro tiempo se enajene a otros. Convertidos en sanedrín sin competencia -¡hasta eso les sale gratis!- mañana ... carne de cañón.
Como aquel concejal en Ermua por el que su bandería ni movió un dedo. Nada valió el aprendiz de músico para ellos. Ni un solo gesto para la vida del chaval. Solo demagogia, palabrerío y ¡música de "progres" de los setenta!... como muestra palpable de la desfachatez de los mercaderes. Líricos que agitan los cuatro jinetes del Apocalipsis intentando sembrar el pánico, inmovilizar a las gentes; apostando por empujar a los valientes a la desaparición por desespero. Hablan de "o nosotros o el caos" cuando ellos son el mismo caos y pretenden sumirnos en la devastación. Quizás afirmemos, calmadamente, que en los tramos finales de una ruta aparece la faz negra de los perros azuzados por amos coléricos. Me divierte, me irrita la afirmación del Presidente del Gobierno: "¡vais a pagarlo caro!": reconocimiento airado de derrota y pretensión de aduanero colocando tasas sobre lo ya pagado.
Vosotros realizáis un sueño: hacer política con la voz del poeta que escribe en espacios blancos el alfabeto de la calle, el mundo en gestación que él escucha capaz como es de leer en lo que avanza imparable.
Partícipe soy de una política que hace de la sonrisa causa, contenta de que Herri Batasuna haya hecho texto de aquellas hermosas palabras de un poeta:
"España ¿por qué has de ser tú madre de traidores
y engendrar siempre polvo rencoroso?.
Si tu destino es éste, ¡que te derribe y te deshaga el hacha!."León Felipe. Poeta castellano y boticario de oficio en Balmaseda.
Escritos los versos en Madrid,1937.
TERESA PUIGMAR